A mis pies anchos,
a mi colmillo montado,
a mis uñas frágiles,
a mi nariz grande y torcida,
a las cicatrices de mis manos,
a mi piel irregular,
al lunar que crece sobre mi pómulo,
a mis piernas rollizas y mis nalgas chatas,
a mi canalla columna que cruje cuando duermo,
a mis estrías, a mis hermosas y malqueridas estrías,
a mis ojos pequeños,
a mi cabello alborotado y seco que se niega a quedarse en mi cabeza,
a mis plantas callosas,
al espacio entre pulgar e indice de mis pies,
a mis manos masculinas y frías,
a mis venas que se asoman como ríos bajo mi piel,
a mis brazos velludos,
a mi garganta cada vez mas seca, cada vez mas roca,
a mi voz que se extingue,
a los vellos que nacen en mi pubis y axilas, los cuales arranco,
al aliento amargo de la mañana,
a mis senos diferentes,
a mi oído que no oye,
a mi papada,
a mi lengua que se enreda,
a mi panza,
a mi sudor pesado,
a mi sangre secreta,
a mis cejas escasas,
a mi lampiño parpado inferior,
al espacio entre mis dientes,
a mi rostro redondo.
Gracias por libertarme, gracias por mantenerme desnuda.
miércoles, 15 de julio de 2015
viernes, 10 de julio de 2015
La primera de Aisha
"Querida Leda:
Ya no puedo recordar. A veces
pienso que mis viajes, mi vida nómada me ha vuelto tan ajena a todo, no me
reconozco en nada, en nadie. ¿Cuántos años tenemos ya sin vernos? ¿Tal vez
quince? Sé que aún estas enojada por mi ausencia en el funeral de mamá. Sé que
no creíste nada de lo que te escribí en aquella carta, nada fue cierto. Nunca
pude engañarte. Esto se ha vuelto una enfermedad, el día que me llamaste contándome
que ella se había ido tuve suficiente, tú hablabas de no sé cuantos días de agonía
en cama y yo trataba de recordar el color de los ojos de mamá, ¿eran verdes?, no, ¿grises?, tampoco, ¿negros?,
no pude recordar siquiera si eran claros u oscuros; y tu seguías hablando del
sin número de médicos que la atendieron y del gesto solemne que tenía su rostro
cuando murió. En ese momento me tapé la boca para ahogar la carcajada, mamá había
fruncido tanto el ceño durante toda la vida que realmente dudaba que los músculos
de su difunta cara pudieran relajarse después de la muerte para develar un
gesto sosiego, es más también llegué a pensar que no recordaba sus ojos porque
nunca tuve la valentía de mirarlos fijos, de verdad le temía. No, eso no era
cierto, yo la había visto a través del cerrojo de su cuarto en la casa vieja,
yo la espié muchas noches mientras se enmarcaba los ojos con un lapicito negro justo
antes de verse con don Pascual, esas semanas en que papá estaba en las
algodoneras, de lo que él llamaba el caribe seco. Así que si no podía recordar
los ojos de doña Humbelina es porque sencillamente mi corazón no quería y por más
que lo intentara no lograría llorarla. Créeme Leda te evité una vergüenza, no
hay peor entierro que aquel donde no lloran al muerto, ¿te imaginas lo que
hubiesen dicho las tías rezanderas que aún sobreviven de ver que la hija menor
de Humbelina anda por ahí sin ningún tipo de suplicio con los labios pintados
de rojo ò fucsia ò uva fumando cigarrillos para pasar el tiempo?... "
CONTINUARÀ
domingo, 24 de mayo de 2015
Yo era, mamá, yo era.
Mamá yo soñé que me metía a los arroyos.
Soñé con la tierra negra y húmeda, yo era de tierra negra y húmeda y olía a vida.
Mamá yo soñé con las piedras mohosas y lisas del río y ya no estaba perdida.
Yo bailé tratando que se me desprendiera la carne, yo baile inmensa, henchida de alegría, baile con las hojas secas y el revolcón del viento.
Mamá yo era sustancia y pertenecía a algo más grande que yo, yo la gestaba y ella a mí. Yo fui madre, mamá. Yo era vida.
Mamá yo miré al cielo y el clarito que entraba por las copas era verde y amarillo, y sudaba.
Yo volaba y no tenía que hablar para saber todos los secretos. Yo era, mamá, yo era.
Mamá yo soñé que nací más veces y naceré y que la tierra me abrazaba para morir y me sembraba nuevamente.
Y fui muchas hembras. Y en mi vientre ya no había dolor, era tibio.
Yo también fui mi madre vieja. Esa que viene a veces a susurrarme en la oreja, esa que yo llamo instinto.
sábado, 9 de mayo de 2015
Carlota
Carlota era mi muñeca favorita. Tenìa muchas otras pero ella destacaba.
Carlota era la más grande entre las que sentaba en mi pequeña mecedora,
siempre ocupaba el lugar del medio. Tenìa por cabellos unas trenzas de
lana amarilla clarito cosidas a su cabeza de trapo, de ojos grandes,
azules y curiosos y una boca pequeñita, los últimos pintados a mano. Con
vestidito y caperuza que ocultaba la calvicie en la parte trasera de su
cabeza. Ambos verdes. Le puse ese nombre porque era como una versión
femenina de papá. Ella era mi compañera. Una mañana ambas compartíamos
un desayuno imaginario en mi habitación cuando sentimos un zumbido, se
hacía cada vez más presente y provenía de atrás de las cortinas lilas.
Entre curiosidad y valor decidimos tomar un extremo de la cortinilla y
despacio, muy lentamente fuimos desnudando aquella esquina de la
habitación. Después, el horror, tendido sobre la baldosa blanca, sus
ojos gigantes, todo ese vello, el sonido, el color marrón, ¡que figura
tan odiosa!. "-¡Una mosca gigante!, ¡una mosca gigante!" Repitiendo la
misma frase con la dicción enredada por el sobresalto en menos de cuatro
segundos recorrí los catorce escalones abajo para llegar a la cocina,
donde estaban papá y mamá. Pálida, petrificada y casi sin poder
articular entre los brazos de mamá recordé a Carlota, mi pobre, pobre
Carlota, en aquel momento solo supe de mi, la había abandonado a la
merced de la mosca mutante. -Una mo-mosca gigante. Señale el segundo
piso y me solté a llorar. Armada con la milicia más poderosa para
aquella época (mis padres) volvimos al lugar de los hechos. Atarzanada
en el abrazo de mamá y aun entre sollozos indiqué: ¡Ahí!. Papá se
agachó, corrió la tela, y con una de sus manos tomó a la criatura, con
la otra a Carlota. Siempre he pensado que sus manos cuadradas son lo
supremamente fuertes para defenderme de cualquier peligro y lo
supremamente suaves y tibias como para posarlas en mi cabeza y que yo
encuentre la calma. Me devolvió a mi Carlota, la abracé fuerte y me
dijo: -Monita no tienes porque tener miedo, esto no es una mosca
gigante. Es una chicharra. Las chicharras son cantantes. Él me explicó
todo sobre ellas, me hizo quererlas hasta el punto de rescatarlas de
morir ahogadas cuando caían a la piscina en mis clases de natación.
Carlota y yo eramos ahora socorristas de moscas mutantes.lunes, 4 de mayo de 2015
Anónima
Parto de un pacto de complicidad tácito, que aunque ni usted
y yo hemos cruzado palabras, esto que vendrá a continuación le será de
utilidad, y sí y sólo sí le ha sido de ayuda mi misiva, esperando también la
madurez del silencio. Será y es único secreto de ambas. No deseo su amistad, discúlpeme
pero debo ser clara, y por lo que concierne sí todo se concluye de la manera
que deseo y pretendo orientarla lo mejor es que ni hagamos una presentación
pertinente. No sé su nombre, está bien. Pero tengo la certeza que usted ha
hecho más preguntas sobre mí de las que debería. No las aclararé, poco o nada
me importa las conjeturas ajenas. No le temo a las miradas y varias ocasiones
he encontrado a las suyas sobre mí, a la de sus amigas; también soy mujer y
entiendo las cosas. A veces por rivalidades emotivas pretendemos alejar a la
otra de nuestro mismo estado. Sé que se vanagloria destrozando con peyorativas
palabras esta imagen mía. Tal vez sí me importa un poco lo que piensa, es
simple curiosidad, me asombra la creatividad femenina a la hora de destrozar a
otra, puro voyerismo. En fin, lo que quiero de usted es que lo embelese, no se
asombre todas hemos tenido esa mirada y cuando usted le mira, es inconfundible.
Él es un hombre hermoso. Un niño hermoso. Tengo la vaga sensación de que
realmente usted lo ansía. Yo la he esperado por varios meses, su figura, su
rol, me urgía encontrarla: usted. Es el suceso. Usted es el suceso. Encontrarla
es todo un acontecimiento para mí. Y aunque mi descubrimiento y propósito es
agridulce, me alegra que haya llegado. Bienvenida. Tan cándida, es usted muy
bella. Cuando nos enamoramos volamos. Que bellas alas. Él necesita ese tipo de
amor: el clásico. De tardes largas y poca conversación, de pretextos tontos
para un roce de manos, donde los últimos estadios sean los besos, de
reconocimiento, de identificación. Él necesita enamorarse, con rosas,
querubines y todos los pormenores. Es un romántico y generalmente esta en el
mundo de las ideas, plántelo en la realidad de manera tierna, sorpréndalo, descolóquelo
con actos, muéstrele mundos, el suyo, por ejemplo, hágalo sentir amado, expréseselo,
¿es cruel, no? De verdad lo quiero, hubiese deseado conocerlo mayor cuando el
amor no tuviera tiempo para equivocarse, el tiempo nos puso mucho antes, hubiésemos
sido un gran amor... para que miento, yo siempre seré caótica. Él tiene la fantástica
cualidad de exacerbarme y yo desarrollé una fatal fascinación por hacerlo
sufrir, e incluso esto es despiadado, enseñarle a otra mujer cómo debe amarlo,
amarlo bien, sin que él lo sepa y él aún duda que yo sea una arpía. ¿Ve? No hay
nada que envidiar, he hecho tantas cosas mal que porque le quiero y amo su amor
hago esto. Y mis maneras siguen siendo enfermizas. Al principio será reticente,
él cree amarme y piensa que jamás se volverá a enamorar, todo un romántico,
pero es vital que sea insistente, nada se logra a la primera vez de intentarlo.
Él cederá, lo sé, le gusta sentirse querido y de a pocos mi imagen le será a
ambos más difusa. Yo seré espejismo del pasado. Por favor, amelo con ardor.
Existen muchas distracciones y caminos que lo hacen desvariar, interpóngase, cuídelo.
Sea su amiga, su compañera, su amante, su madre, su hermana, su hija. Amar es
una travesía grata sí se empieza bien. Yo también fui una romántica. Ayúdelo a
olvidar. Sé que construirán bien. Quisiera escribirle que tengo los brazos
llenos de gustosos deseos, pero lo único que tengo es los dedos fríos y los
labios secos de repetirme la misma frase en voz alta para convencerme de que
esto es lo correcto. De antemano gracias. Va ser todo una locura cuando lea
esto. Tal vez sí aciertan cuando me tildan de lunática. No sobra recordarle de
nuestro acuerdo de confidencialidad. Amelo. Es todo. Anónima.sábado, 2 de mayo de 2015
Otra de David: De manos y pies fríos.
Hola luz de mis..., de mí, mi luz. La noche es pétrea porque cierras los ojos,¿por qué cierras los ojos?. No temo. Acá tengo todo tu recuerdo, tú pequeño, te tengo. Que dicha verte reír mientas duermes, yo quisiera ser el sueño. La luna viene y no pasa nada, el día y la noche son una misma cosa, no hay letargo, ya no hubo paz. Mis dedos escriben palabras que ni conozco. La soledad es una pasta que se te pega entre los dientes y no te deja abrir la boca. Ya arañé hasta el fondo y ni en los suspiros encuentro rastros de alma. Extravío. Sería horrible que me conocieras ahora, soy una cofradía de miserias. No le digas a mamá que he crecido, a ella le acongoja verme huir de mi propio hastío, siempre lo supo, fui una niña taciturna. Sigue durmiendo, no escuches nada. Es solo la voz de la que te ama más, y sí entre la clava que te tañe tu profunda paz que tanto envidio, me ves, véme limpia, véme niña y de vuélveme la sonrisa, que sin latitud "eso" sabrá llegar. Llegará a esta eterna vigilia de manos y pies fríos. martes, 14 de abril de 2015
La rueda
Una rueda de metal. La niña parada en la parte interior del juguete. Pie derecho sobre una barra, pie izquierdo en otra. Son ocho barras las que conectan los asientos de madera con el centro de la estructura. Sí se mira cenital parecen los barrotes los rayos de un sol. La niña parada sobre un sol de acero. Ella aprieta fuertemente sus manos a los tubos verticales. Van a jugar al avióncito. La rueda alguna vez fue roja con amarillo, hoy tiene la pintura descascarada y sí la tocas, olerás a oxido. Dos o tres niños empujan, los pies de la niña empiezan a elevarse. Es la hora en que esperan a que las rutas los lleven a casa. La niña aprieta los ojos mareada y sonríe, esta paralela al suelo y se siente pájaro. Uno grita: -¡Llegó!. Los niños detienen de golpe el girar de la rueda y corren al autobús. Se deslizan las manos, el peso cede, los pies no encuentran las barras. La niña se hunde en el armazón. Cae sentada en el hierro. Un crujir sordo. Dos lágrimones que caen y ella que aprieta la boca y ahoga el grito, estaba prohibido jugar al avióncito en la escuela. Sin bajarse de su jumento metálico, se levanta la falda se revisa el calzoncito blanco de nubes y descubre que llueve rojo en sus panties. Había conocido su sangre. Hace dos años había conocido su sangre. Ahora sabía que no sólo los hombres hacían llorar su sexo.
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